De vez en cuando el mundo cierra todas las puertas a nuestro alrededor.
Buscamos esperanzados otra salida, alguna ventana por sucia y polvorienta que esté, apenas un poco de luz que nos guíe hacia lugares más amables, menos dolorosos...
Pero, a veces, simplemente todas las puertas están cerradas, y después de luchar con ellas, de intentar abrirlas, decidimos, agotados, que quizá ya no hay más luz.
Que quizá llega un momento en que hay que vivir a oscuras, en que hay que conformarse con avanzar despacio por la bruma de los días, en que los segundos pasan lentos y los meses veloces, y los años se convierten rápidamente en un recuerdo fugaz.
Y mientras, nos balanceamos a merced de la vida, como barco que ha perdido el rumbo y no sabe por donde seguir...
Quizá, algún día, volvamos a ver un poco de luz, quizá algún día las puertas se puedan abrir, quizá se caigan de viejas... quizá...
jueves, julio 24, 2008
miércoles, mayo 21, 2008
"Estaré siempre a tu lado"
Dices que me apoyas, que da igual lo que haga, que estarás a mi lado. Pero sé que no es cierto, nos conocemos hace mucho y no me engañas. Sé que estás pensando que me equivoco, que haría bien en escucharte, en ir por el camino que me señalas... no cuento con tu apoyo sincero, y me duele que ni siquiera seas capaz de decírmelo, de hablar conmigo y darme los pros y los contras que ves, en vez de condenarme directamente.
Pero no es algo nuevo. Hace tiempo que crees que debí seguir tu camino. Y sí. Quizá me esté equivocando, quizá avance deprisa hacia ningún sitio. Pero no te atreves a cuestionarme. Contestas con un silencio a mis planes, a mis preocupaciones, a mis quejas, no eres capaz de mirarme a los ojos y mentirme, así que bajas la cabeza...
- “Voy a estar siempre a tu lado”
Me lo dices. Y no te creo.
Por que ya me has fallado otras veces, aunque creas que estuviste, porque me dejaste sola en los momentos difíciles, porque cuando necesitaba compañía y ruido me diste soledad y silencio.
Y cuando necesitaba silencio y soledad me diste ruido y compañía.
Me echaste en cara no atenderte cuando mi corazón sufría, tu hombro nunca estuvo cerca cuando necesité llorar. No entendiste mis motivos, apenas los escuchaste, y me dolió, porque necesitaba que al menos tú me comprendieras.
Y ahora, siento todo esto como un muro que me impide acercarme a ti, pero nunca encuentro el momento de decírtelo, quizá haya pasado ya ese momento...
Lo peor es que... aunque nos veamos con frecuencia... yo te echo de menos.
miércoles, mayo 14, 2008
Incomprensión
- Hace frío fuera...
- Lo sé.
Cerró la puerta con cuidado, como si ese movimiento exigiese toda su atención. Lo cierto es que estaba utilizando ese tiempo de más para pensar.
No recordaba cuando habían empezado a ir mal las cosas, cuando habían pasado de la comunicación espontánea a ese pensar todo lo que vas a decir, por que puede ser malinterpretado.
- ¿Te has quedado pegado a la puerta?
El tono era cortante, casi más frío que el aire que lo había empujado de vuelta a casa.
- No, ya voy...
No tenía ganas de enzarzarse en otra discusión estúpida sobre nada, de las que mantenían últimamente, en las que ella le echaba en cara hasta su forma de atarse los cordones, y él respondía atacando donde sabía que más daño podía hacer... se estaban destruyendo...
Lentamente se quitó la ropa mojada, buscó su pijama entre la ropa de ella, le gustaba dejarlo allí para que tuviese su olor, para sentirla más cerca, y, aún despacio, con la cabeza en otra parte, empezó a preparar café.
No había reparado en ello, pero ella le seguía con la mirada desde que llegó, al principio con reproche, esa mirada propia de quien espera una respuesta airada, y se encuentra con una vaga disculpa. Pero según él se movía por la casa, iba adquiriendo un tono de tristeza:
“No me ha mirado desde que ha entrado... no entiendo cómo hemos podido llegar a esto...”
La cocina se fue llenando del olor a café, y él permaneció junto al fuego, escuchando el gorgoteo del agua, esperando, con la manopla en la mano y la mirada fija en algún lugar más allá de la cafetera.
Ella bajó la vista al libro que tenía en su regazo. Aunque ahora las palabras no tenían mucho sentido intentó concentrarse en el texto... escuchó sus pasos blandos acercarse lentamente, escuchó el tintineo de la taza al apoyarse en la mesa... “¿de las dos tazas?”... pensó con esperanza.
Con manos temblorosas cogió una de ellas, aspiró, y bebió despacio.
Levantó la vista y sus miradas se encontraron, apenas a unos centímetros el uno del otro, tan cerca... pero a la vez tan lejos...
martes, diciembre 04, 2007
Hablando de ti...
Toda la tarde hablando. Sentados, con la mesita redonda chocando con nuestras rodillas, pidiendo un café tras otro.
Y no llegamos a nada.
Te quedas bloqueado, piensas que nada tiene sentido, y se lo quitas a las pocas cosas que de verdad lo tienen.
No sé bien que piensas mientras mueves, cansino, la cucharilla.
Y no sé que decirte, ni cómo ayudarte, me gustaría zarandearte, darte un martillazo en un dedo, que el dolor o el movimiento despertaran a la persona que sé que está dentro de ti, tras esa mirada opaca y esa sonrisa lánguida.
Y me da miedo el rumbo que toman tus pensamientos.
Hablas de alejarte, de irte por un tiempo... nada definitivo, más bien unas vacaciones...
¿Cómo explicarte que lo que buscas está dentro de ti?
Que no necesitas salir de la ciudad para buscarlo, que no necesitas alejarte de tu casa, de tu gente, que la distancia y el tiempo no son la solución. Son tan solo un parche. Y que cuando vuelvas te vas a sentir aún más perdido.
Me miras resignado, aburrido de oírme hablar, creo que hace rato que no me escuchas, que tan solo asientes cuando adviertes un cambio de ritmo en el molesto murmullo que no te deja pensar...
Silencio.
¿Cómo decirte que lo que tu sientes como un lastre en realidad es tu motor? Y que sólo por eso no puedes alejarla de tu vida... que solo por eso, ya merece la pena cada día...
Nos despedimos, y te veo alejarte, con andares cansados. Pensando en lo que pudo ser y no fue, arrepintiéndote de lo que no hiciste, pensando que tendrías otra oportunidad... sin darte cuenta de que ya la estás teniendo, que tan solo tienes que permitirte disfrutarla.
Se ha hecho de noche sin que nos diéramos cuenta, han encendido las luces y su brillo me acompaña de vuelta a casa, con la sensación de no haber conseguido nada...
martes, noviembre 13, 2007
jueves, mayo 17, 2007
Lucidez
Ocurrió de pronto, en apenas un instante.
Caminaba deprisa por la acera, como si llegase tarde a algún sitio importante.
Tropezó con un baldosa que sobresalía un poco.
Por un momento solo existe el dolor, un dolor agudo que elimina todos los demás sentidos.
Pero cuando se aparta cojeando, levanta la vista y...
... un momento de absoluta lucidez.
Apoyado en un árbol observa la calle con un color nuevo... más brillante, como si todo el tiempo hubiese estado nublado, o su visión desenfocada. Como si al tropezar con esa piedra hubiese colocado la pieza que faltaba en el puzzle del mundo.
Se aferró a esa sensación, sorprendido. De pronto todo estaba en su lugar, las cosas volvían a tener sentido, la confusión de tiempo atrás había desaparecido.
Debía estar pálido, porque alguien se acercó a preguntarle si se encontraba bien.
“Sí, sí, no se preocupe”, balbuceó.
Aturdido aún comienza a andar, sin rumbo, hasta que encuentra un banco vacío, y se sienta, medio ausente.
La sensación inicial, cercana a la euforia, se va diluyendo mientras sigue explorando en su corazón la razón de ese cambio... sin encontrarlo.
Pero sigue percibiendo la realidad de forma distinta, y hay una sensación de retorno, de recuperación de algo perdido...
Y junto a ello va surgiendo una nueva idea, aterradora: la duda.
Por que ya no sabe qué realidad es la verdadera, si la anterior: confusa, llena de matices, inabarcable. O esta nueva, nítida, en donde todo encaja y todas la preguntas tienen respuesta...
Se aleja del banco, inseguro, como quien tiene la certeza de que el suelo que pisa puede desaparecer de pronto bajo sus pies.
jueves, abril 12, 2007
Su mundo se redujo... un poco más...
Se miró, coqueta, en el espejo, mientras se arreglaba. Y el espejo le devolvió la mirada. Los viernes sus ojos tenían un brillo especial, una viveza que se apagaba un poco el resto de la semana.
Se miró de nuevo, esta vez de cuerpo entero: todo estaba en su sitio, la falda a la altura justa, la camisa por fuera, el flequillo... mmm, el flequillo se mantenía a duras penas, sujeta su rebeldía a base de laca.
Sonrió satisfecha y se despidió de su madre con un beso en la frente:
- No vuelvas tarde...
- Tranquila mamá, ya no soy una niña
En el ascensor revisó el bolso... no, no se olvidaba de nada. Iba contenta, pensando: “Llego tarde, llego tarde. Y con el tiempo que hace que no veo a todas. Tengo ganas de hablar con Laura, y de pasar la noche bailando. Sin parar. Solo bailar, sin pensar en nada... y hace casi un mes que no salgo, y...”
Un pitido interrumpió sus pensamientos, “¡el móvil!”:
- ¡Hola cariño! ¿Ya estás trabajando?
- ...
- Estoy en el ascensor, he quedado para salir con...
- ...
- Sí, voy a salir...
Entrecerró los ojos un poco, los labios apretados, y escuchó:
- ...
- ... yo también te quiero...
Salió del portal, despacio ya. Los brazos caídos, tensos. La mirada apagada. Y así se encontró con las demás.
- ¿Qué ha pasado? Vaya cara que traes...
- Hemos vuelto a discutir.
- ¿Por qué?
- Por lo de siempre. No quiere que salga, no entiende que no sea capaz de quedarme en casa para su tranquilidad... dice que no le quiero, que se va a matar si sigo saliendo, que le estoy haciendo mucho daño, que hemos terminado... no sé que hacer, creo que me voy a ir a casa.
Esa noche no salió. Entró en casa con la cabeza baja. Esquivó la mirada preocupada de su madre mientras murmuraba un “me duele el estómago, me voy a dormir”, y se tumbó en la cama. Miró al techo durante horas, lloró, y, cuando ya clareaba, se quedó dormida.
Al día siguiente habló con él, lloraron, se abrazaron.
Perdóname cariño. Te quiero mucho. También yo. No volverá a pasar...
La semana pasó volando y el viernes decidió no salir.
- Estoy cansada (Quiso convencerse)
- En realidad no tengo ganas (Lo intentó de nuevo)
- No quiero discutir de nuevo (Se admitió finalmente) aunque me muero de ganas por salir
Su madre la miró preocupada, pero no dijo nada. Ese fin de semana ya no discutieron.
Durante las primeras semana su móvil siguió sonando cada viernes, todas la llamaban: “No seas tonta, sal, tienes que venir” y ella se negaba, ponía excusas, las emplazaba para un café.
El móvil dejó de sonar los viernes. Y ella perdió parte de la luz que antes había en sus ojos. A veces echaba de menos salir, reírse con sus amigas, bailar, pero pensaba “Ahora estamos muy bien, prefiero la tranquilidad, no quiero hacerle daño otra vez” y se quedaba en casa.
Un lunes, cuando iba camino del gimnasio, por la tarde, sonó su móvil:
- Hola cariño, ¿Pasa algo? Es pronto...
- ...
- Estoy saliendo para ir al gimnasio.
- ...
- Sí, no te preocupes, llevo pantalón largo.
- ...
Entrecerró los ojos mientras escuchaba, y sus hombros se cayeron un poco más...
- ...
- Yo también te quiero.
Cuando colgó caminaba un poco más despacio, levantaba un poco menos los pies, y se dirigía sin convicción hacia el gimnasio.
Esa noche se acercó distraída a su madre:
- Mamá, voy a dejar el gimnasio...
Su madre apartó la vista del libro que estaba leyendo y miró a su hija, triste, hacía tiempo que no salía ningún fin de semana, cada vez quedaba menos con sus amigas, parecía feliz con ese chico pero... algo no andaba bien.
- Pero si te encanta, llevas más de tres años yendo al menos dos veces en semana, si ibas incluso durante los exámenes...
- Sí, pero...
Pensó en decirle que a Javi no le gustaba, que discutían cada vez que iba, que él pensaba que iba para tontear con otros: “Si me quisieras no irías, porque sabes el daño que me haces cada vez que vas, lo triste que me pongo, lo mal que lo paso...”.
Tenía dolor de cabeza de tanto discutir, de sentirse mal por hacerle sentirse mal a él...
Su madre esperaba, atenta.
- Sí, pero... últimamente estoy muy liada, cada vez tengo más trabajo...
Ese mes dejó de ir al gimnasio, su mirada se volvió un poco más sombría, y su mundo se redujo... un poco más...
jueves, marzo 22, 2007
Noche en el parque
“... Rodeado de gente la soledad es todavía más profunda, más cruel...”
Está sentado en un banco del parque, mirando al infinito, oyendo apenas las voces de los niños al jugar, fumando despacio un cigarrillo.
“... Y sin embargo... también es más agradable, puedes pensar que es una elección personal, que basta dar un paso, extender una mano, para formar parte de esa sociedad a la que ahora damos la espalda. O quizá no, quizá es la sociedad quien nos da la espalda... y no somos capaces de asumirlo...”
Empieza a sentir frío, el cigarro se ha consumido y ya quedan pocas personas en el parque. Está oscureciendo. Mira el parque vacío, ahora con más atención, aunque no demasiada.
“... con lo fácil que era ser niño. Preocupado tan solo por las cosas sencillas: por jugar, por ganar al fútbol, por tener contentos a los padres... sin pensar lo bonito que sería volver a vivir el pasado, otra vez, intentando no cometer los mismo errores...”
Pasea despacio entre los columpios, como contando los pasos, las manos en los bolsillos, la cabeza baja, hundida entre los hombros, mirando el suelo sin verlo.
“... Y dar un sentido a la vida, luchar por los sueños perdidos, por el amor, y no dejar pasar la vida simplemente, sintiendo como el tiempo se escurre entre mis dedos...”
Dos lágrimas silenciosas recorren sus mejillas arrugadas, se abrocha el abrigo, antes de sentarse de nuevo, abatido, y mirar a las estrellas buscando consuelo... como si ellas pudieran ayudarle...
“... Viendo cada día igual al anterior, sin distinguir los matices, los colores. Viviendo anestesiado: incapaz de sentir la vida plenamente, limitando el dolor, el sufrimiento, pero también la alegría...”
Sigue contemplando las estrellas, sintiendo cada vez más frío, pero absorto en sus pensamientos.
“... volver a la infancia, y poder repetir mi vida, y llegar de nuevo a este momento, en este parque, y preguntarme qué he hecho con mi tiempo, con mi vida y... poder responder. Eso sí que sería bonito... dar un sentido a la vida...”
Lo encontraron reclinado en el banco, encogido, tras la noche más fría del año.
Su corazón se paró, cansado de latir sin rumbo.
Y su muerte fue tan silenciosa, tan solitaria, tan sinsentido... como había sido toda su vida.
domingo, diciembre 31, 2006
Incertidumbre
Supongo que son las fechas las que incitan a hacer balance, a plantearse nuevos objetivos, a mirar a un tiempo hacia el futuro y hacia el pasado.
En eso estaba esta mañana, cuando he descubierto que estoy subida en una columna, con el vacío rodeándome por todas partes... no sé de donde vengo, el camino se ha borrado, y mucho menos sé a dónde voy... porque no hay más camino...
Delante de mi se abre el abismo, en todas direcciones.
Al menos parece que sé dónde estoy... aunque tampoco lo afirmaría con seguridad.
No me agobia la duda de no saber que camino elegir, me agobia sentir que no hay camino.
Y eso que últimamente parece que estoy recuperando la capacidad de hacer planes, y casi puedo ver la silueta, semitransparente, de un par de caminos saliendo de mis pies... que se difumina pocos metros más allá...
A ver si el 2007 dibuja alguna senda, aunque sólo sea una, hacia la que dirigir mis pasos con seguridad... sabiendo qué persigo... y qué tengo que hacer para conseguirlo.
Feliz año nuevo a todos... y que encontréis vuestro camino.
miércoles, diciembre 13, 2006
Esfuerzo
Avanzo cada vez más despacio.
El aire es gelatinoso. Es difícil iniciar cada movimiento.
Y se está espesando aún más.
Me extraña que no me cueste respirar en un ambiente tan denso.
La gravedad ha aumentado. Cada paso es una carga.
Veo un papel en el suelo, un papel arrugado.
También empiezo a pensar despacio.
Pienso que debo recogerlo. Tirarlo a la papelera.
Imagino lo que va a costarme agacharme.
Extender el brazo.
Estirar los dedos.
Asir el papel, levemente.
Imagino el esfuerzo descomunal de incorporarme de nuevo.
Siento la presión en las rodillas.
La tensión de los músculos antes de ponerse en marcha.
Demasiada tensión, no sé si lo soportarán.
Podría girar la cintura, apoyarme en esa mesa... eso supone más movimientos, más esfuerzo.
Aguanto la respiración.
Me incorporo despacio, sufriendo.
Mis rodillas están a punto de explotar. Pero ya queda muy poco para estar erguida otra vez.
Siento un peso aún mayor sobre mi cabeza.
El aire es más espeso.
Me muevo en un líquido consistente. Luchando cada centímetro.
Un impulso más.
Lo siento escapar entre mis dedos.
Lo veo caer, en un abismo infinito.
Está de nuevo sobre la moqueta.
Arrugado. Como al principio.
Y cada vez tengo las fuerzas más mermadas.
Imagino todo esto mientras camino hacia el papel arrugado.
Debería recogerlo.
Lo pienso mientras sorteo el papel para no pisarlo.
Sí, quizá debí recogerlo.
Pero era tan cansado...
lunes, diciembre 11, 2006
Disfrutando del cielo
Os voy oyendo hablar, pero hace rato que no pongo mucha atención, voy atrás en el coche, mirando por la ventanilla, reconciliándome con Orión, con Casiopea, escuchando la música,... de vez en cuando veo tus ojos en el retrovisor, buscas mi mirada... me acerco más a la ventana, allí no me ves.
Y lloro en silencio, recordando, pensando en mi vida, en la gente que ha pasado por mi lado, en los momentos que no van a volver, en lo deprisa que pasa el tiempo cuando estás a gusto, en el futuro, incierto futuro... la música me ha hecho pensar... maldita música... y el viaje en coche, siempre me hacen pensar los viajes en coche, y las estrellas... cuánto tiempo sin ver las estrellas...
Al llegar me preguntas si me he dormido... parecía que iba encogida en aquel rincón...
Dudo... y sonrío...
“No, solo iba disfrutando del cielo...”
Volviendo a la realidad
Este puente huí de Madrid, buscando el horizonte.
Lo encontré entre un mar inmenso y un cielo más azul de lo que lo recordaba.
Descubrí el invierno, suave invierno, eso sí, en una ciudad que solo conocía en un cálido otoño... tan cálido que parecía verano.
Me reencontré con las estrellas, y me saludaron como si hiciera sólo dos noches que no nos veíamos.
Apenas tres días, casi cuatro, casi dos... pero ha habido tiempo para todo.
Tengo un recuerdo cálido de todo el puente, como el ambiente de una cocina cuando la madre prepara la comida...
Recuerdo con cariño cada minuto, las excursiones por la isla, los paseos viendo llover, las mañanas tranquilas en casa, los ratos jugando, las horas hablando, la exposición de pintura, el concierto...
Estoy todavía abrumada por el cariño, intentando ordenar las ideas, repasando las fotos, pensando en cuando volveremos a encontrarnos, intentando apresar cada instante para que no se pierda en el olvido, volviendo a la vida cotidiana...
domingo, noviembre 05, 2006
Pensando...
Cada mañana, de cada día, de cada mes, de cada curso.
Cada tarde, de cada día, de cada mes, de cada curso.
Cinco años. Cogiendo el autobús cada mañana. Sabiendo que tenía noventa minutos por delante, antes de llegar a la facultad.
Cinco años. Cogiendo el autobús cada tarde. Sabiendo que tenía noventa minutos por delante, antes de llegar, por fin, a casa.
Tres horas diarias.
El primer año fue muy duro. Tanto tiempo en el transporte público, varios transbordos, gente, achuchones, calor. Aprovechaba para leer, repasar unos apuntes, oír música.
El segundo año me había acostumbrado. Por las mañanas dormía. Por las tardes... a veces también. Ya no leía. No llevaba walkman. Pensaba, escuchaba, miraba la calle, me fijaba en la gente, en cómo trataban al conductor del autobús, si saludaban o no, si siquiera se fijaban en que existía.
El tercer año. Y el cuarto. Y el quinto.
Me hice a esas tres horas diarias de reflexión, conversación conmigo misma, paseos por los pasillos del metro, contacto con el mundo.
Me acostumbré a conocer Madrid en sus estaciones. El tráfico. Las luces. La salida y la puesta de sol tras los edificios.
Me acostumbré a observar la sociedad que me rodeaba. Descubrí que cuando dos mujeres coinciden cada día en el autobús terminan conversando. Descubrí que cuando dos hombres coinciden cada día en el autobús terminan intercambiando un saludo.
Aprendí a esperar.
Aprendí a estar en silencio. Conversando conmigo. Pensando sin perderme en desvaríos. Sin aburrirme ni sentirme sola. Sin necesitar un libro o música, o alguien con quien hablar.
Y no descubrí lo que había aprendido.
Hace unos días volví a coger el autobús. No iba lejos, pero el tráfico en Madrid siempre es un misterio. El viaje se demoró cuarenta y cinco minutos.
Hice cuatro llamadas de teléfono.
Y entonces me di cuenta.
De todo lo que había perdido. De cuánto echo de menos esas tres horas diarias de reflexión, de estar en mi compañía, de descubrir con una sonrisa que mi vecina del tercero también va en el autobús, de ejercitar la paciencia, y la soledad en compañía, de dejar vagar la mente,...
Creo que voy a recuperar las buenas costumbres.
Al menos los fines de semana, por Madrid, en transporte público.
domingo, octubre 22, 2006
A una amistad que se acaba
“No has entendido nada”
Eso lo he dicho yo, y tú me miras enfadada, esperando que te aclare algo más. Pero se ha pasado el momento de las discusiones. Hace tiempo que no nos entendemos.
Nos conocemos hace años, años de caminar juntas, viendo el mismo paisaje, caminando en la misma dirección, compartiendo horizonte, sueños y objetivos. De un tiempo a esta parte eso ha cambiado.
Primero parecía que cuando hablábamos cada una mirara en una dirección, y no llegase bien el sonido. O viésemos distintas montañas, y cada una comentase la suya, sin entender que mirábamos hacia distinto lado.
Después debimos cambiar de ritmo, pero seguíamos cogidas de la mano. Eso hacía que tú tirases de mi, cuando yo necesitaba descansar, o que yo te arrastrase, cuando tú estabas disfrutando de una puesta de sol... que yo no veía.
Aún así procurábamos caminar juntas, a pesar de los roces, de las discusiones, de las distintas formas de interpretar la realidad, de la diferencia de opiniones y de caracteres.
Pero ya no ha sido posible más. El jueves nos soltamos la mano. Y cada una escogió una bifurcación del camino. Fue doloroso elegir, como todas las rupturas, suponía dejar muchas cosas atrás. Fue violento, difícil de explicar... pero fue.
Ahora caminamos cada una hacia nuestro destino, nuestras sendas se alejan deprisa, con la precipitación de lo que debió hacerse hace mucho tiempo. Y las dos avanzamos sin mirar atrás, cada una contemplando un nuevo mundo, aún dolidas por la separación.
Puede que en el futuro nuestros caminos vuelvan a cruzarse, puede que compartamos algunos pasos, o incluso que caminemos juntas de nuevo, quién sabe. Ahora, lo más razonable, es seguir andando, no parar, no sea que decidamos torcer nuestro rumbo para encontrarnos de nuevo... y nunca nos lo perdonemos.
“No has entendido nada”, repito.
Porque tú aún piensas que caminamos cogidas de la mano, y yo hace tiempo que noté que nos separábamos.
viernes, octubre 13, 2006
Madrid en puente
Esta mañana, al salir de casa, he sentido algo extraño. El conserje me ha saludado como siempre. El sol competía con una leve brisa por ver quién se imponía. He escuchado cantar a un mirlo. Al cruzar la calle tenía esa sensación conocida de que algo no encaja. Pero no lograba descubrir qué era lo que fallaba. En el autobús el conductor me ha saludado también, relajado, y al ir a sentarme he visto a una familia.
Nada raro: los padres y dos niños.
Dos niños.
Niños.
¿Por qué los niños no están en el cole?
Es puente.
Lo había olvidado. Por eso se oía a los pájaros. Por eso no funcionaban las hormigoneras de la obra de enfrente. Por eso no he tenido que jugarme la piel para cruzar la calle en el paso de peatones.
¿Por eso el sol brilla?
Es bonito Madrid cuando pierde un poco de población. Las distancias se reducen. El autobús se convierte en un lugar habitable, en el que incluso puedes respirar. Hay sitio en la calle para dejar el coche. Puedes ir a los sitios que siempre están atestados de gente, entrar sin esperar cola y que te atiendan en menos de una hora. Hasta el ambiente está más limpio. Con menos humos.
La ciudad nos obliga a perder el contacto con la naturaleza en muchos sentidos. Estamos acostumbrados a vivir sin animales, hasta los perros molestan. No conocemos vegetación que no esté encerrada tras una valla, acotada. El cielo lo perdimos hace tiempo, con la contaminación. Las estrellas... esas grandes desconocidas. El olor... ¿A qué huele Madrid? ¿De verdad no lo notamos? Madrid huele a humo de camión. Y el sonido de la naturaleza. Es difícil oír el canto de los pájaros.
Afortunadamente todavía nos quedan los domingos por la mañana, los puentes, Agosto, Semana Santa. Y los parques que salpican la ciudad, que no son pocos y nos permiten sentirnos un poco más cerca de nuestra naturaleza.
A pesar de todo, me gusta Madrid.
Hablar...
Qué difícil es hablar con las personas queridas. Cuánto orgullo, cuánto cariño, cuánto temor, cuántas posibilidades de hacer sufrir, cuánta tristeza...
Desde siempre he oído que las cosas se solucionan hablando... parece una frase vacía, ¿Un tópico? Es posible, pero vacía no. Lo difícil es llenarla de significado.
Hablar.
Hablar. Sin gritar, sin ofender, sin atacar ni sentirse atacado.
Y llegar a conclusiones, solucionar el problema...
Por que nos conocemos bien y podemos hacernos mucho daño. Por que precisamente por venir de quien viene me duele aun más que me lo digas... porque no me lo esperaba. Por que se me escapa el orgullo en cada palabra. Y no voy a reconocer que me he equivocado... y no vas a reconocer que te has equivocado... porque se te escapa el orgullo en cada palabra.
miércoles, octubre 11, 2006
Ha vuelto a llover
Ha vuelto a llover en la ciudad.
Parece que el otoño, por fin, quiere dejarse ver.
La lluvia incita a la melancolía, al recogimiento, a la poesía, a quedarse en casa tomando una taza de cola-cao, leyendo un buen libro, mientras escuchas las gotas golpear la ventana.
Hoy me he decidido por "El zahir" de Paulo Coelho. Me ha llevado de viaje por París, he caminado por los Campos Elíseos de la mano del escritor, en la que quiere ser su novela más autobiográfica.
Me ha gustado. El estilo es distinto que en otras ocasiones, más periodístico, con menos olor a fábula. Pero se lee bien, aunque deje menos huella.
Me ha llamado la atención una institución de la que habla constantemente: "el banco de favores". Un nombre bonito para lo que comunmente llamamos contactos, y que la sabiduría popular resume en una frase:
Hoy por ti, mañana por mi
Y me ha sorprendido el uso que hace de él.
El término "banco" absorbe a "favores" y lo contagia de mercantilismo. El protagonista invierte en favores para luego tener crédito... que le deban favores.
Está bien, no confío en que el ser humano actúe por altruismo. Me quedo como poco en que cuando hacemos algo por los demás es, sobre todo, por sentirnos bien con nosotros mismos, por no tener que oír a nuestra bendita conciencia.
Pero que solo hagamos favores pensando en cobrarlos... fiuuu, me hace quedarme intranquila.
No es el tema central del libro, ni creo que quiera serlo. Pero merece cuando menos una reflexión.
¿Somos tan inhumanos? ¿o tan humanos? ¿Actuamos siempre pensando en que nos van a deber un favor?
Quiero creer que no...
... espero que no...
... confío en que no...
Ya no oigo llover... quizá todavía no llegue el otoño.
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